LEE RADZIWILL: LA REINA DEL INTERIORISMO QUIET LUXURY
Select Ishtar
Lee Radziwill
Cuando una mujer se hace presente a través de sus silencios, lo que deja vislumbrar en su intimidad termina gritando con fuerza. Lee Radziwill es una figura emblemática del estilo y la exploración personal: en cada etapa de su vida descubría nuevas facetas de sí misma, siempre acompañada de personajes enigmáticos dispuestos a retratarla.
Uno de los mayores placeres de Lee —el interiorismo— revela su buen gusto y sofisticación. Era capaz de interpretarse a sí misma en cada habitación y, a través de la decoración, proyectar su intimidad para crear un respiro de la ajetreada vida londinense. Su mítico apartamento con vista al Palacio de Buckingham, decorado junto a Renzo Mongiardino, funcionaba como un refugio artístico tapizado de excentricidad: una mezcla entre estética europea y oriental, con sillas Luis XV y sillones de terciopelo diseñados para mimetizarse con los muros, amplificar la luz y expandir el espacio. Todo giraba en torno a un punto focal: la chimenea, concebida para hacerla sentir como la princesa de un cuento oriental.
Su estilo maximalista —con sus matices dorados— también se reflejaba en su habitación, envuelta en estampados rosa y drapeados que descendían desde el techo. Cada espacio era una fuga de la realidad: un respiro campestre o una historia nueva cargada de cultura. Todo esto cambió radicalmente al mudarse a Nueva York. Allí, en su departamento de la Quinta Avenida, apostó por una vida más privada y curada por ella misma.
Lee abandonó el maximalismo y dio paso a una era de control visual, comenzando por la alfombra de la habitación y los objetos turcos que tanto atesoraba. En esta etapa, el espacio lo era todo: usó trucos ópticos para dirigir la mirada hacia piezas excéntricas, siempre envueltas en luz natural y en su amor por la vegetación. Sin embargo, no renunció a los estampados turcos que le robaron el corazón: pequeñas pruebas de un gusto exquisito enriquecido por sus viajes.
Como legado final, su departamento en Jardins du Ranelagh se consolidó como una exquisitez iluminada. Cada detalle parecía tocado por la luz con suavidad y reverencia: un testamento botánico, una “eterna primavera” que contrastaba con el exterior parisino. Para Lee, transformar su espacio en un templo equilibrado era vital: un museo íntimo donde el azar no tenía cabida y donde incluso la altura y el color eran decisiones meditadas.
En su último santuario, la visión exótica y acumulada dio paso a algo más emocional: un espacio que susurraba lujo mientras resonaba su personalidad fuerte y silenciosa. Un lugar donde su carácter la sostenía, dibujando una frontera entre su alma y su cuerpo. Estudiar cada recámara de esta protagonista inusual es escuchar su voz en cada esquina: un autorretrato hecho de muebles, tapices, flores marchitas y objetos extraños que guardan tantos secretos como ella guardó en vida.