¿GRACIAS? EMILIA PÉREZ
Dani MJ
Imágenes Pathé Films
En las últimas semanas, Emilia Pérez se ha convertido en esa película que ves más por morbo que por interés genuino, una obra difícil de abordar sin algún tipo de predisposición. En mi caso, entré a la sala de cine lista para ser parte de esta guerra fría performática, pero no me dió ni para eso.
Me parece que esta cinta es la consecuencia de toda la exotización y apropiación cultural que ha sufrido México en los últimos años, fenómeno que le ha hecho creer a los extranjeros que por ver narco-series, visitar un mercado y disfrutar de un tequila o nuestras playas, entienden lo que es ser mexicano y sus problemáticas, como si esta identidad pudiera resumirse en una sola definición.
La película se categoriza como comedia musical: ¿cuál es el principal problema de cualquier pieza que pretenda ser humorística? Que no dé risa. Pues Emilia Pérez, sí da risa, pero no por las razones por las cuales el guion pretende ser gracioso. En cuanto al musical, la falta de ritmo es palpable, un defecto que radica en no haber compuesto las canciones en el idioma en que serían interpretadas. Para colmo, ni siquiera se entiende lo que los actores están cantando, algo que los no hispanohablantes no notan porque lo ven todo a través de los subtítulos.
El argumento principal, por su parte, tenía un gran potencial: un narcotraficante que decide dejar atrás su pasado oscuro para vivir plenamente su identidad de género como mujer, enfrentándose a las consecuencias de su decisión obligada por prejuicios propios a dejar su vida atrás, se ve desperdiciado en 40 minutos y nublado por un montón de micro-dramas absurdos que parecen sacados de “Mujer, casos de la vida real”.
No voy a detenerme demasiado en los problemas evidentes, como la elección del reparto, aunque debo reconocer que Karla Sofía Gascón ofrece lo más rescatable de la película. El verdadero problema es que,aunque la película no se plantea bajo la lupa de la realidad, nada se siente verosímil en ella; hay una exigencia estética bastante kirchnerista de convencer al espectador de que la historia sucede en México, dando como resultado imágenes caricaturescas: mariachis decorados en luces led que abren la pelicula, un abuso visual de la Virgen de Guadalupe (tanto que Emilia termina representada en una), chile Tajín colocado random en primeros planos, un sampleo de “se compran colchones”, frases como “mi papá huele a guacamole”. Recursos que en la misma línea explican por qué los extranjeros la encuentran tan atractiva y novedosa, pero para un espectador mexicano, resultan absurdos y estereotipados.
Los mexicanos no necesitamos una película más intente explicar cómo se vive la corrupción y violencia en nuestro país, porque es algo que vivimos todos los días y, si queremos verlo en la ficción, ya tenemos directores como Alejandra Márquez, Fernanda Valadez, Tatiana Huezo o Fernando Frías para hacerlo. No necesitamos un grupo de extranjeros que quieran venir a “retratar” nuestro contexto desde su óptica superficial.
Es cierto que uno de los grandes errores del espectador es asumir que las piezas cinematográficas son un “reflejo de la sociedad”, cuando, en realidad, son perspectivas particulares de los directores. El problema con esta película es que parte de la arrogancia y la apropiación a un tema que no es abordado con el más mínimo respeto, ni empatía. El problema no es Selena hablando de su “pinche vulva” ni Karla, ni que sea difícil tomar la película en serio porque los actores batallan con el español. El problema es que se nos quiera imponer como si fuera una verdad bajo la expectativa de que hay que agradecer y entender su existencia solo por estar en el ojo internacional. Y peor aún, que cualquier respuesta negativa sea descalificada como ignorancia o violencia.